Según la Encuesta Nacional de Factores de Riesgo, en Argentina se produce un accidente cerebrovascular (ACV) cada 4 minutos. El ACV afecta al 34,4% de los argentinos mayores de 18 años. Dos de los casos ocurridos cada hora son fatales.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el ACV es la primera causa de discapacidad en países desarrollados, y sus consecuencias dependen del área del cerebro afectada. La buena noticia es que en casi todos los sobrevivientes hay rehabilitación posible.

“Un ACV es un ataque cerebral que ocurre cuando se bloquea el flujo de sangre en las arterias que nutren el cerebro (ataque isquémico), o cuando ocurre un sangrado en el cerebro mismo o en las membranas que lo rodean (ataque hemorrágico)”, explica Janus Kremer, neuropsiquiatra y director del Instituto Kremer de Neurocirugía y Medicina Avanzada. La mayoría de los ataques cerebrovasculares son isquémicos. El 20% son hemorrágicos.

Entre las consecuencias que puede traer aparejadas un ACV se destacan: parálisis o problemas para controlar el movimiento, perturbaciones sensoriales -incluyendo el dolor, incontinencia urinaria o fecal-, problemas en el uso y entendimiento del idioma, problemas con el pensamiento y la memoria, y perturbaciones emocionales.

Rehabilitar a un paciente que sufrió un ataque cerebral es un trabajo complejo y multidisciplinario. “Quienes se dedican a rehabilitar pacientes que sufrieron un ACV -y que en muchos casos pasaron por cirugías y múltiples tratamientos-, deben ayudar a que recuperen las habilidades y funciones afectadas. Este equipo debe estar conformado por médicos especialistas en rehabilitación, enfermeras, terapeutas físicos, ocupacionales, de recreación, del habla y del lenguaje y profesionales de la salud mental”, afirma Kremer.

A diferencia de muchos años atrás, la neurorehabilitación ha dado enormes pasos en este sentido y se ha convertido en un elemento indispensable en la evolución del paciente. A esto hay que agregar que el rol de la familia -acompañando, ayudando y comprendiendo- es central.

“En muchos casos no toda la familia se encuentra unida detrás de un paciente de este tipo. Muchas veces están los cónyuges o un hijo. Lo importante es que alguien pueda saber sobre los avances y estar pendiente. La organización familiar completa cambia tras un ACV, pero si la organización es correcta, el regreso a  la vida normal (en caso de que se produzca) será más rápido”, concluye Kremer.