Por: Juan Carlos Molina
Director del Instituto de Investigación Médica Mercedes y Martín Ferreyra sobre alcoholismo

La ingesta de alcohol está comunmente relacionada con múltiples problemas del individuo adolescente o adulto y de la sociedad en general. El consumo de esta droga genera accidentes que implican serias lesiones o, incluso, la muerte.

La problemática también es visible desde los efectos devastadores del consumo excesivo de alcohol en la estructura familiar, bienestar económico y laboral de quien padece estos problemas, y las consecuencias -a largo plazo- sobre la salud física y psicológica del consumidor y de su entorno.

La enumeración de problemas puede continuar sin que la mayoría mencione los efectos del alcohol sobre el bebé en la etapa del embarazo.

Desgraciadamente, esta omisión por desconocimiento es aplicable no sólo al ciudadano no especializado, sino a una significativa cantidad de profesionales de la salud y a la mayoría de los gobernantes que, directa o indirectamente, inciden con sus decisiones sobre el bienestar psicofísico de una nación.

Desde el año 1973, la bibliografía científica generada desde planos clínicos, epidemiológicos y experimentales, ha provisto miles de investigaciones que alertan sobre el problema alcohol-embarazo. Desde ese momento histórico en la biomedicina existe la denominación “Síndrome Alcohólico Fetal” para referirse a uno de los principales problemas a que se enfrenta el individuo en desarrollo. 

Esta patología se observa en niños que han sufrido los efectos del consumo materno de alcohol durante el embarazo. Cuando un niño nace con dicho síndrome se puede verificar la acción del alcohol a través de malformaciones del cráneo,  alteraciones faciales, disminución en su tasa de crecimiento y serios trastornos neurológicos que afectan la evolución de su inteligencia y de los comportamientos necesarios para tener una vida plena y saludable.

La expresión “Espectro de Desórdenes del Alcohol Fetal” se utiliza en casos en que el síndrome no es completo y sólo se refleja a través de alteraciones neurológicas y del comportamiento.

Diversas asociaciones internacionales, ligadas a la neonatología y pediatría, definen al problema del consumo de alcohol durante el embarazo como una de las principales causas congénitas de retraso mental en el mundo occidental.

Durante los últimos 20 años la investigación experimental basada en modelos animales y la investigación epidemiológica en humanos, ha indicado que la exposición fetal al alcohol es también un factor que puede promover más tarde en la vida el uso y abuso de ésta y otras drogas.

Hoy, es difícil predecir cuánto alcohol debe consumir la madre para afectar el desarrollo del embrión y el feto. Dosis que no alteran un determinado proceso anatómico o fisiológico en un momento del embarazo, pueden ser muy dañinas en otros períodos de la gestación.

También es claro que el consumo de una alta dosis de alcohol durante un período corto de tiempo, consumo que es habitual en la juventud, es sumamente peligroso para el bienestar del niño en gestación.

La ciencia continúa investigando posibilidades de neutralizar los efectos del alcohol durante el embarazo y como revertir algunas de las consecuencias de esta exposición temprana a la droga. 

Evitar el consumo durante el embarazo, derrota al alcohol en uno de sus efectos más devastadores sobre el individuo y la sociedad.

Las verdaderas armas de la medicina, la psicología y otras disciplinas que competen a la salud, no se limitan al hecho de tratar de subsanar lo que ya ha sido alterado. Se puede prevenir, armar acciones con la meta de preservar la salud y aumentar el bienestar.  Estas deben ser las acciones a instrumentar en el corto plazo y hacerlas perdurables en el tiempo para evitar algo que es evitable.

La población debe beneficiarse del conocimiento adquirido a través de la ciencia y que ya ha sido instrumentado en distintas sociedades a través de múltiples medidas educativas y sanitarias.