Se trata de una condición poco frecuente, que si no se trata disminuye 20 años la expectativa de vida en hombres, y 10 años en mujeres.

El trabajo en equipo, en forma multidisciplinaria, ha logrado una óptima respuesta para los pacientes en el país. Alientan a pediatras, oftalmólogos, dermatólogos y reumatólogos a prestar especial atención a los síntomas que podrían indicar la presencia de esta afección.

La Enfermedad de Fabry supone un desafío para la medicina: es genética, poco frecuente, y sus manifestaciones clínicas son sumamente variadas. Es por eso que en la Argentina se puso en marcha hace 10 años un proyecto que nuclea a especialistas de diversas áreas, conformando un equipo de trabajo que ha consolidado importantes logros en el diagnóstico y tratamiento de la afección. Así lo manifestaron integrantes de AADELFA (Asociación de Estudios y Difusión de la Enfermedad de Fabry en la Argentina) durante una jornada efectuada recientemente en el Hospital Británico de Buenos Aires (HBBA).

La enfermedad de Fabry se debe a una mutación genética que impide la síntesis de una enzima y produce la acumulación de ciertas sustancias en órganos blancos. Normalmente, las manifestaciones iniciales más frecuentes se manifiestan desde la infancia, como dolor en palmas y plantas, y cólicos abdominales con diarrea; el daño progresa a corazón, riñón y sistema nervioso. Los signos dermatológicos ocurren en más del 80% de los pacientes de Fabry, en la forma de peculiares formaciones cutáneas (angioqueratomas). Otro de los signos iniciales de esta enfermedad es el dolor intenso (escozor) en manos y pies. La incidencia de la enfermedad de Fabry varía entre 1 en 40 mil a 1 en 117 mil nacidos vivos: se estima que, en el mundo existen más de 25 mil personas afectadas por la enfermedad. Cuando no se trata, la afección reduce 20 años la expectativa de vida en el hombre, y 10 años en la mujer.

Neurólogos, bioquímicos, nefrólogos, oftalmólogos, dermatólogos, cardiólogos, gastroenterólogos y otros especialistas unieron sus esfuerzos para lograr una detección más temprana y un abordaje terapéutico adecuado. Se estudiaron 2500 casos sospechosos, de los cuales en el 8% se confirmó el diagnóstico, y en la actualidad hay casi 150 personas en tratamiento en todo el país. Ricardo Reisin, médico neurólogo del HBBA y miembro de AADELFA, destacó que “este modelo de trabajo ha demostrado ser altamente productivo tanto para los pacientes como para los profesionales de la salud; podemos observar los enormes logros que obtuvimos al combinar esfuerzos, e inclusive aportamos nueva evidencia a la investigación de enfermedades lisosomales, tales como la de Fabry”.

Roberto Ebner, médico especialista en Neurooftalmología y Jefe del Servicio de Oftalmología del Hospital Británico, coincidió: “El conocimiento sobre este tipo de enfermedades creció exponencialmente, y podemos hacer mucho por los afectados. Inclusive, investigadores argentinos logramos que se pueda estudiar la enfermedad de Fabry mediante biopsia en la conjuntiva, en lugar del riñón, lo que representa mayor comodidad para el paciente”.

En cuanto al diagnóstico, Paula Rozenfeld, investigadora asistente de la Carrera de Investigador Científico del CONICET, y profesora adjunta de la Cátedra de Anatomía e Histología de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de La Plata, lleva adelante un Laboratorio de Referencia en el país. La bioquímica destacó que “los que pueden sospechar Fabry en un paciente son los nefrólogos, dermatólogos, cardiólogos, oftalmólogos y otros especialistas. Gracias a los estudios disponibles, podemos detectar si el paciente efectivamente padece de esta afección, y realizamos tests en el resto de la familia para detectar quiénes más se encuentran afectados, aunque no hayan manifestado aún signos de la enfermedad”.

Para tratar a los pacientes, se actuaba sólo sobre los síntomas, hasta que en 2001 apareció la primera Terapia de Reemplazo Enzimático (TRE), que cambió para siempre el enfoque de estas afecciones. Pablo Neumann, médico nefrólogo del Servicio de Nefrología del Hospital Italiano de La Plata, reveló que “estudios observacionales a cada vez más largo plazo y con más pacientes, permitieron establecer que este tratamiento, que proporciona la enzima faltante en los afectados, alivia el dolor en hombres y mujeres, reduce las crisis de dolor, así como la hipertrofia ventricular izquierda, y estabiliza la función renal”.

Un área particularmente delicada es el tratamiento de Fabry en la infancia. Juan Trípoli, neurólogo pediatra de la División Neurología del Hospital de Niños “Ricardo Gutiérrez”, destacó que “con el tratamiento es posible mejorar la calidad de vida de los niños afectados, que suelen tener intolerancia al ejercicio, tendencia a la depresión y otros signos de deterioro. Ahora afortunadamente existe un menor retraso en el diagnóstico y se puede iniciar antes la terapia de reemplazo enzimático”.

Finalmente, Reisin declaró: “Invitamos a nuestros colegas a reproducir esta experiencia multidisciplinaria, que ha demostrado ser un excelente camino para mejorar la calidad de vida de los pacientes, y a estar atentos a los síntomas, ya que contamos con amplia experiencia y recursos para dar adecuada respuesta a cada caso”.
Acerca de la enfermedad de Fabry

La enfermedad de Fabry es una de las innumerables enfermedades de depósito lisosomal y la segunda más frecuente dentro de ese grupo. Se trata de una condición genética, hereditaria, que causa la deficiencia de la enzima alfa-galactosidasa A en el organismo de sus portadores. Esta deficiencia interfiere en la capacidad de degradación de una sustancia denominada globotriaosilceramida o Gb3, presente en muchos tipos de células del cuerpo, particularmente en las membranas de los glóbulos rojos.

En los pacientes con la enfermedad de Fabry, la alfa-galactosidasa A está parcial o totalmente inactiva. Como resultado, la Gb3 se acumula en los lisosomas en todo el organismo y ocluye los pequeños vasos sanguíneos, dañando riñones, corazón, sistema nervioso y piel, entre otras zonas afectadas. Más de la mitad de los pacientes también presenta dolores abdominales, distensión, diarrea, estreñimiento, falta de apetito, saciedad precoz, náuseas y vómitos. En el ojo se aprecia depósito corneano; en el corazón puede aparecer hipertrofia ventricular y arritmias, y en su evolución provoca insuficiencia renal y lesiones cerebrovasculares.

Las manifestaciones clínicas demoran en ser identificadas, por lo que se genera un largo período entre la aparición de los primeros síntomas y el establecimiento del diagnóstico. Los síntomas más graves se presentan alrededor de los 20 años de vida, debido a la acumulación de Gb3. Las mujeres pueden verse afectadas tan severamente como los hombres.

Diagnóstico certero

Para confirmar el diagnóstico, en los hombres es preciso realizar un análisis de sangre que mide la actividad de la enzima α-galactosidasa A (alfa-Gal A). En el caso de las mujeres, debe realizarse un análisis de ADN.

Además, para ambos sexos, es importante el análisis del árbol genealógico. Esto le dará al médico la posibilidad de analizar a toda la familia e identificar cuáles familiares tiene riesgo de desarrollar la enfermedad.

 

Fuente:  AADELFA