La enfermedad renal crónica, cuya definición incluye algún grado de pérdida de la función del riñón para depurar de residuos al organismo y/o la aparición de proteínas en la orina sostenidas por al menos 3 meses, afecta aproximadamente al 10 % de la población mundial.

En la mayoría de los casos está ocasionada por la diabetes o hipertensión arterial y presenta un curso asintomático hasta sus estadios avanzados, donde los tratamientos existentes son poco eficaces para detener su curso.

Debido a ésto, es de suma importancia que en las poblaciones de riesgo (pacientes con hipertensión, diabetes o familiares de pacientes con insuficiencia renal) se realicen regularmente controles para su detección precoz mediante análisis simples como la determinación de creatinina en sangre (que permite estimar la función de depuración de sustancias del riñón) y en orina (buscando proteínas o hemoglobina).

En caso que la enfermedad alcance su estadio final, su tratamiento se limita al trasplante renal o a diálisis crónica.

Desde el primer procedimiento exitoso, en 1954, los enormes progresos acaecidos en el campo del trasplante renal lo han transformado en el tratamiento de elección de la enfermedad.

En este sentido, no sólo mejora la calidad de vida sino que reduce ostensiblemente las complicaciones cardiovasculares e infecciosas.

La principal limitante del tratamiento es la disponibilidad de órganos. En Argentina han habido enormes progresos los últimos 10 años, con un aumento en la tasa de donantes fallecidos de 6,85 por millón de habitantes en el 2001 a 15,06 en el 2011.

Existe además la posibilidad del trasplante con donante vivo que han permitido 241 trasplantes de los 1154 realizados en el país durante el 2011.

Dado que en Argentina hay más de 26 mil pacientes en diálisis, y aproximadamente 6 mil en lista de espera renal, es necesario extremar medidas para mejorar la disponibilidad del recurso.

Se debe redoblar los esfuerzos para concientizar a la población de la importancia de la donación e informar claramente sobre la posibilidad del donante vivo, de manera que el tratamiento esté disponible para más pacientes.

Es necesario, además, alcanzar a la población de riesgo a través de pesquisas preventivas que permitan la detección precoz de la enfermedad, donde las intervenciones son más eficaces para proteger a los riñones.