Analizando el cráneo con instrumentos especiales, un grupo de científicos de Nueva York aseguró que la memoria puede sentir el impacto de la redonda cuando se cabecea reiteradamente. ¿Sería por eso sensato, sin embargo, desaconsejar la práctica del que por esta parte del mundo es el más popular de los deportes?

Ochenta kilómetros por hora. Ésa es la velocidad que puede alcanzar la pelota en un partido de fútbol, lo que hace suponer que en un impacto contra ciertas partes del cuerpo puede dejar algo más que un moretón y dolor por días.

Investigadores en los Estados Unidos –país donde cada vez es más frecuente la práctica del fútbol o soccer, como lo llaman allí, aunque nunca formó parte de la tradición popular, como el básquet o el football americano– acaban de dar a conocer las conclusiones de un estudio que muestra que cabecear la pelota con frecuencia puede producir microalteraciones en la materia blanca del cerebro que se asemejan a las que se observan en personas que sufren lesiones traumáticas en el cráneo.

Y lo peor es que, según sostienen estos investigadores, las personas que cabecean frecuentemente enfrentarían a un riesgo mayor de desarrollar problemas de pensamiento y memoria. “Examinamos la relación entre cabecear y los cambios en el cerebro y en las funciones cognitivas, y descubrimos que cuantas más veces una persona golpee la pelota con la cabeza, más probabilidades habrá de que se encuentren anomalías estructurales microscópicas en el cerebro”, declaró el doctor Michael Lipton, director asociado del Centro Gruss de Investigación con Resonancia Magnética del Colegio de Medicina “Albert Einstein” de Nueva York.

Las funciones cognitivas a las que hacía referencia son el pensamiento y la memoria. Lipton agregó que el futbolista cabeceador “tiene más probabilidades de que le vaya peor en las pruebas cognitivas, sobre todo con respecto a la memoria”.

El doctor Lipton y sus colegas del Albert Einstein realizaron su estudio a partir de 37 futbolistas aficionados adultos, de entre 21 y 44 años, y de los cuales 28 eran hombres. Los voluntarios jugaban al menos un partido de fútbol de competición cada semana y entrenaban un promedio de dos veces a la semana; en el estudio, los participantes cabecearon entre 6 y 12 veces por partido. La mayoría de los participantes jugaba al fútbol desde que era chico.

Los beneficios prevalecen

Los voluntarios fueron evaluados mediante una técnica de imágenes especial, denominada resonancia magnética de tensor de difusión, que es capaz de obtener imágenes muy detalladas que muestran los cambios microscópicos que se producen en la materia blanca del cerebro; la materia blanca hace de red de interconexión entre las neuronas que conforman la materia gris del cerebro. Y de hecho esos cambios, similares a los que sufren las personas con traumatismo de cráneo, fueron reportados en las conclusiones del estudio, publicadas en la edición online de la revista Radiology.

De todos modos, es importante destacar que la práctica regular de actividades deportivas tiene numerosos efectos benéficos para la salud que no deben ser olvidados; en especial, cuando se trata de chicos y adolescentes, en los que la práctica deportiva es de gran utilidad en el desarrollo.
El doctor Fernando Ulloque, médico deportólogo pediatra de la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP), enumera los beneficios del fútbol en los chicos: “Desarrolla fuerza y flexibilidad en miembros inferiores, mejora en la velocidad y en la capacidad de reflejos, fomenta el trabajo en equipo y desarrolla capacidades coordinativas”.

Antecedentes del cabeceo

Pero lo preocupante es que el estudio de Lipton no es un hallazgo aislado. Ya el año pasado la prestigiosa revista Journal of the American Medical Association (JAMA) dio a conocer un trabajo que vinculaba los cabezazos a la pelota con cambios en la materia blanca del cerebro. En esa ocasión, investigadores de la Universidad de Harvard, Estados Unidos, compararon a un grupo de futbolistas con nadadores, y descubrieron cambios en la materia blanca, similares a los observados en el nuevo estudio.

Sin embargo, el trabajo de Lipton aporta un dato importante: “Las personas pueden llegar a tener un trauma hasta cierto punto. No todo el mundo que se golpee la cabeza con un armario tendrá síntomas de conmoción. La pregunta es, ¿cuánto es necesario para que se produzca una lesión duradera?”, se preguntó Lipon, para luego responderse. Su estudio sugiere que existe un umbral de daños por el hecho de cabecear la pelota, y ese umbral en lo que refiere a los cambios cerebrales estudiados estaba entre 885 y 1,500 cabezazos a la pelota al año, y más de 1,800 cabezazos al año para que comenzaran a verificarse cambios en la memoria.

“Este estudio muestra que aunque no se produzca una conmoción cerebral o una lesión apreciable, si se observa el cerebro con suficiente detenimiento, sí se han producido cambios. La evidencia de estos resultados parece razonablemente convincente en cuanto a que estos pequeños eventos en la cabeza se acumulan con el paso del tiempo”, comentó el doctor Michael Bell, director de atención neurocrítica pediátrica en el Hospital Pediátrico, en Estados Unidos, aunque él no participó del mencionado estudio.

Fuente: Castropol Comunicaciones