La esclerosis múltiple es una enfermedad crónica en la que determinadas células (linfocitos T) del sistema inmunológico atacan y dañan la cubierta de mielina que protege las conexiones entre las neuronas del sistema nervioso central.

Esta enfermedad produce problemas físicos, cognitivos y psicosociales a las personas, y puede presentarse con síntomas como: dificultad para caminar o estar de pie, sensación de entumecimiento u hormigueo en los miembros inferiores o superiores, visión borrosa o doble, distorsión del color -o incluso la ceguera en un ojo-, debilidad muscular en las extremidades, dificultad para coordinar movimientos o sostener el equilibrio.

También puede ocasionar deterioro cognitivo (olvidos y distracciones), impedimentos en el habla, temblores, mareos y pérdida auditiva.

La forma más común de esclerosis múltiple es la de “recaídas y remisiones” o “recurrente”, que se presentan aproximadamente en el 85% y el 90% de los casos.

En los períodos de remisión, los síntomas desaparecen por completo o en forma parcial. Durante las recaídas, se produce la exacerbación de los fenómenos inflamatorios.

Hasta ahora no se sabe cuáles son las causas que dan origen a esta enfermedad, sin embargo se han identificado algunos factores relevantes.

Es probable que ciertas personas tengan una predisposición genética para contraerla, que la naturaleza de la enfermedad sea viral (virus de Epstein-Barr), que se trate de un agente infeccioso no reconocido aún y, también, que factores ambientales como el tabaquismo y la falta de vitamina D (factor protector) incrementen el riesgo de desarrollo y progresión de la enfermedad.

La esclerosis múltiple no tiene cura. Es la segunda causa de discapacidad en el mundo y, actualmente afecta a 1.3 millones de personas.

A través de una batería de estudios clínicos, y una resonancia magnética, se puede lograr un diagnóstico preciso.