El trastorno de pánico, o crisis de ansiedad, pertenece al grupo de trastornos de ansiedad, con episodios que comienzan repentinamente y con síntomas que duran un tiempo breve -entre 10 y 20 minutos- aunque en algunos casos, tiendan a repetirse varias veces por día.

Durante estas crisis, la reacción física es similar a la que ocurre en una respuesta de alarma ante un peligro real, con la diferencia de que, en este caso, es desencadenada en ausencia de una amenaza concreta.

Cuando el trastorno es serio, la persona vive con el constante miedo de volver a sufrir otro ataque similar al vivido y para evitarlo, comienza a alejarse de los sitios o situaciones que asocia a su malestar. Por ejemplo, si una persona sufrió una situación traumática en un lugar rodeado de gente, seguramente quiera evitar las grandes concentraciones de personas y los lugares cerrados.

En casos extremos este miedo permanente llega a controlar la vida y favorece el aislamiento disminuyendo la propia calidad de vida del individuo y de quienes lo rodean.

A diferencia de los demás trastornos, el ataque de pánico se caracteriza por poseer múltiples causas y tener un componente de predisposición genética combinado con factores psicosociales.

El trastorno de pánico es un mal cada vez más frecuente. Las consultas se multiplican en los consultorios de psicólogos. También son motivo de visita al cardiólogo, ya que pueden generar fuertes taquicardias que asustan y causan confusión a quienes los padecen.

Los lineamientos del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM por sus siglas en inglés) diagnostican una Crisis o Ataque de Pánico como la aparición temporal y aislada de miedo o de malestar intensos acompañada de 4 o más de los siguientes síntomas, que se inician bruscamente y alcanzan su máxima expresión dentro de los primeros 10 minutos.

Síntomas:
-Taquicardia o elevación de la frecuencia cardiaca.
-Temblores o sacudidas.
-Sudoración en manos y pies.
-Sensación de calor o frío repentinos Hormigueo o adormecimiento de extremidades inferiores y superiores.
-Temor a perder el control o volverse loco.
-Inestabilidad.
-Mareos.
-Desmayos.
-Sensación de atragantarse.
-Miedo a una muerte repentina.
-Opresión o malestar torácico.
-Ardor en la zona del pecho, más precisamente del lado izquierdo.
-Sensación de irrealidad o de estar separado de sí mismo.
-Nauseas o molestias estomacales.
-Sensación de ahogo o falta de aliento.

Si se sospecha de un ataque de pánico, los médicos recomiendan primero tranquilizarse y concentrarse en un pensamiento positivo. El siguiente paso es recurrir a un profesional de la salud que ayude a estabilizar las angustias, saber por qué ocurren estos episodios y, así, tratar de evitar que se repitan.

Fuente: Adriana Alonso
Psicóloga, especialista en Psicocardiologia en www.neomundo.com.ar